21 de enero de 2009

Libro: "El arquitecto de Tombuctú", Manuel Pimentel


Gracias a El arquitecto de Tombuctú, Manuel Pimentel ha podido sacar brillo a la imagen de Abu Isaq Es Saheli, poeta y arquitecto granadino que supo aprovechar lo mejor de sí, creando el arte sudanés, inspiración de artistas como Gaudí o Barceló. Esta obra, editada por Umbrel este mismo año, permite a Pimentel, quién ya fuera Ministro de Trabajo y Asuntos Sociales, afianzarse en la escritura de la novela, tras haber alcanzado el éxito con La ruta de las caravanas (Planeta, 2005) y, sobre todo, El librero de la Atlántida (Almuzara, 2006), a la cual hace algún guiño durante la narración de esta narración. La novela consta de un total de 509 páginas estructuradas en 99 capítulos y una breve posdata que sirve para redondear la cifra hasta la del centenar de apartados. El autor va alternando pasajes de la adolescencia y juventud de Es Saheli con un viaje a Fez en el que es el embajador de Kanku Mussa, emperador del Reino de los Negros, en la actual Malí.


El arquitecto de Tombuctú está totalmente escrito en primera persona y con unos grandes saltos temporales, unas veces como pensamientos e ideas del personaje principal en su juventud e inicio de su éxodo de Granada, y otras durante los últimos meses de su vida en forma de rihla, una especie de crónica de sus múltiples viajes. No es la primera novela que intercala tantos saltos en el tiempo (o simplemente en el espacio como El quinto día de Frank Schätzing [Planeta, 2004]) que cae en mis manos, pero sí quizás una en las que dichos saltos sean más grandes y cuenten situaciones tan dispares.

En estos textos se relatan toda la vida de Abu Isaq, desde su exilio de Granada hasta sus últimos días en Tombuctú, narrando todos sus viajes, sus poesías y su búsqueda interna de un fin en la vida. Durante su juventud, situada en pleno auge del Reino de Granada a comienzos del S. XIII, el protagonista alterna el prestigioso trabajo de notario de la Alcaicería o de secretario de las chancillerías del reino, con la noche en las tabernas de la ciudad, cantando poesías que cada vez más se acercaban a lo sacrílego, a lo que le ayudaba enormemente el vino y las alucinaciones que le ocasionaba el anacardo.

De repente, se encuentra en un trabajo que no le llena (a pesar de sus altos honorarios en palacio), casado por obligación por el deseo de sus padres, y luchando por solventar varias injusticias que le rodean, las cuales acaban con la pérdida de su mejor amigo. Finalmente, por sus abusos nocturnos, acaba siendo exiliado de Granada por un período de 10 años, evitando así una muy posible sentencia de muerte. Seguido siempre por Jawdar, su fiel compañero de viajes e hijo de su antiguo maestro, parten hacia Egipto, el Antiguo Imperio de los Faraones, únicamente con una carta de recomendación de Ibn al-Yayyab, un amigo de palacio bajo el brazo. Para Es Saheli, allí se prende la chispa por la arquitectura que ya se había engendrado entre los palacetes y jardines del Albaicín y de la Alhambra.

Durante una visita a las pirámides de Luxor, se produce un momento de inflexión en la obra y en la vida de Abu Isaq. Se produce un momento místico que hace cambiar al personaje y tornar su vida hacia un destino más espiritual, borrando los pecados de su pasado e iniciando la peregrinación a la ciudad santa de La Meca. Es sabido por historiadores y escritores el poder mágico de las pirámides de la meseta de Gizeh, lo cual ha sido detallado y explicado en una gran multitud de libros como El secreto egipcio de Napoleón (La esfera de los libros, 2002) del turolense Javier Sierra.

Su peregrinación le lleva a las ciudades de Damasco, Bagdad y Yemen, donde sigue aumentando su pasión por la arquitectura, a la vez que refina su poesía, la cual cada vez es más conocida por todos los territorios que el Islam alcanza. A su llegada a la Meca, parece llegar a alcanzar un nivel de sabiduría reservado a muy pocos. El tema espiritual en estos capítulos está muy acentuado. A lo largo de El arquitecto de Tombuctú, Manuel Pimentel plantea un hermoso debate religioso con el punto de vista de Es Saheli, un hombre religioso que busca la paz espiritual y tranquilidad con el resto de pueblos vecinos, y su antagonismo personificado en Al-Mamir, un imán radical que sólo le interesaba las riquezas y pregonar la palabra de Alá invadiendo con cruentas guerras los territorios infieles.

Finalmente, en La Meca conoce a Kanku Mussa, emperador del Reino de los Negros, a quien acompaña a su vuelta a las tierras del Níger como su poeta personal, aunque al final se convertirá en el mayor de los arquitectos que han morado por esos territorios. Decidió crear un estilo propio, sin ornamentaciones ni lujos, basado en la sencillez de su estructura y de sus materiales. Una arquitectura nacida de la propia tierra, donde todos los creyentes se sentían en paz con Dios, en cuyos interiores se vivía en un ambiente místico donde se podía llegar a alcanzar un estado de bienestar con uno mismo, ya se llame “paz interior”, “karma” o “ying yang”.

En definitiva, Pimentel ha conseguido en este libro una mezcla bastante equilibrada e interesante de poesía, arquitectura, viajes y religión, enmarcada en una historia llena de aventuras y desventuras que consigue enganchar al lector hasta la última de sus páginas.

Más información: Web "El arquitecto de Tombuctú"

2 Comments:

El Ente said...

GRACIAS BEMO!!! habra que leerlo entonces. a mi personalmente Manuel Pimentel me gusta como escribe.

UN ABRAZOOO

Antonio Rico said...

Una buena reseña de un libro con buena pinta, pero sorprende y desconcierta que cites a un vendedor de humo como Javier Sierra. No sé qué método utilizó este señor para "explicar" el poder mágico de las pirámides ni qué experimentos realizó ni en qué laboratorios lo hizo ni en qué publicaciones científicas lo dio a conocer tras haber sido revisado y contrastado por estudiosos independientes de reconocido prestigio. Lo que sí sé es que vive(bien) de su oficio, en el que es un maestro: escritor de literatura fantástica disfrazada de ensayo. No me parece honrado que practique y fomente esta confusión de géneros que tan buen resultado le da a él y a otros muchos.
Un saludo y a seguir leyendo buena literatura.